Por: Sara Lucia Tellez Lucho

Foto: AFP
La tensión entre Estados Unidos y sus aliados tradicionales no da tregua. El 16 de septiembre 2026, el presidente Donald Trump lanzó una nueva advertencia, ahora dirigida a Europa: si la Unión Europea sigue adelante con su plan de acercarse a Canadá, Estados Unidos podría dejar de comerciar con el bloque.
La declaración se hizo el miércoles, cuando Trump habló con periodistas en el aeropuerto de Charlotte, en Carolina del Norte, de camino a un mitin de campaña. “Impondré aranceles muy serios o dejaré de comerciar con Europa”, dijo el mandatario, y calificó el acercamiento entre la UE y Canadá como “ridículo” y potencialmente “un acto hostil” contra su país.
El origen de todo esto está en una propuesta de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, quien días antes ofreció a Canadá convertirse en el primer “miembro asociado” del bloque europeo. La idea no está definida en los tratados de la UE, pero simboliza un gesto político fuerte: acercar a un país que, como Europa, ha chocado repetidamente con las políticas comerciales de Trump en los últimos meses.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, no tardó en responder. Este jueves se convirtió en el primer jefe de gobierno extranjero en dirigirse al Parlamento Europeo durante el discurso sobre el estado de la Unión, y defendió que Canadá busca una “relación única” con Europa. “Profundizar nuestra relación fortalecerá nuestra soberanía”, dijo ante los eurodiputados en Estrasburgo, aunque evitó mencionar a Trump por su nombre durante su intervención.
El trasfondo es una guerra comercial que ya está abierta entre Washington, Ottawa y Bruselas. Estados Unidos ha impuesto aranceles del 50% a productos canadienses, y Canadá respondió igualando los gravámenes. Europa, por su parte, también ha sido blanco de las amenazas del presidente estadounidense. En ese contexto, el acercamiento entre Canadá y la UE se lee como una especie de reacomodo de alianzas frente a un socio que se ha vuelto impredecible.
Trump, sin embargo, dejó la puerta abierta: dijo que, si la intención de Europa “es buena”, no habría problema. Pero no explicó cómo planea medir esa intención, ni dónde pondría el límite. La amenaza quedó flotando, como suele ocurrir con sus declaraciones, dejando a sus aliados en la incertidumbre sobre hasta dónde está dispuesto a llegar.
Por ahora, la pelota está del lado europeo y canadiense. La propuesta de asociación sigue siendo un proyecto por definir, pero el mensaje de Trump ya cumplió su efecto: volvió a recordar que, para él, cualquier acercamiento que no pase por Washington se ve como una provocación. Y en medio de todo, Canadá y Europa parecen decididas a demostrar que ya no quieren depender de un solo socio, así sea el más poderoso del mundo.


