
Por: Yahir González
A medida que avanzan los primeros meses de 2026, la política de seguridad en México ha experimentado una metamorfosis que pocos anticipaban al inicio del sexenio. El eslogan de “abrazos, no balazos”, que definió la administración anterior, parece haber quedado relegado a los libros de historia política. Hoy, la presidenta Claudia Sheinbaum encabeza una estrategia que, aunque mantiene el discurso de atender las causas sociales, ha endurecido notablemente el uso de la fuerza y la inteligencia militar. Analistas internacionales sugieren que este cambio no es casualidad, sino el resultado de una presión sin precedentes proveniente de la Casa Blanca bajo el mandato de Donald Trump.
Desde su regreso a la presidencia, Trump ha mantenido una retórica agresiva hacia la frontera sur, catalogando a los carteles mexicanos no solo como organizaciones criminales, sino como “entidades terroristas” que atentan contra la seguridad nacional de Estados Unidos debido a la crisis del fentanilo. Fuentes diplomáticas indican que Washington ha condicionado la estabilidad comercial y el flujo en la frontera a la entrega de resultados tangibles en la captura de objetivos prioritarios. Esta “diplomacia del mazo” ha dejado a la administración de Sheinbaum con un margen de maniobra estrecho: o demuestra control territorial y detenciones de alto impacto, o se enfrenta a la amenaza de aranceles punitivos y una posible intervención unilateral de agencias estadounidenses en suelo mexicano.
El operativo del pasado fin de semana, que resultó en el abatimiento de líderes clave del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), es la prueba más fehaciente de este endurecimiento. A diferencia de los años anteriores, donde se evitaba la confrontación directa para no generar “daños colaterales”, las fuerzas especiales de la Sedena y la Marina han adoptado una postura proactiva. La BBC destaca en sus reportajes que el ejército mexicano está utilizando hoy tecnologías de vigilancia y drones de última generación que antes eran subutilizados, marcando un claro alejamiento de la pasividad táctica. Esta “nueva era” de seguridad busca proyectar una imagen de fuerza que calme los ánimos en Washington y evite que la crisis de seguridad escale a un conflicto diplomático de dimensiones económicas.
Sin embargo, el costo de este reforzamiento es objeto de un intenso debate dentro de las universidades y centros de derechos humanos en México. El aumento en los enfrentamientos ha traído consigo un incremento en las bajas de elementos militares y el temor de que se repita la espiral de violencia vista en las guerras contra el narco de décadas pasadas. Mientras Sheinbaum insiste en que su gobierno utiliza “inteligencia sobre fuerza”, la realidad en los estados del Bajío y el norte del país muestra un despliegue bélico que recuerda más a un estado de sitio que a una política de prevención social.
Para los expertos en geopolítica, México se encuentra atrapado en una pinza: por un lado, la exigencia interna de paz y justicia, y por el otro, la demanda externa de seguridad fronteriza liderada por un Donald Trump que no acepta matices. El éxito de Sheinbaum dependerá de su capacidad para demostrar que puede desarticular a los carteles sin incendiar el país, un equilibrio delicado que definirá no solo su presidencia, sino el futuro de la relación bilateral más compleja del mundo.


